Pabellón Español en la Bienal de Venecia 2007

El Pais, Babelia, Sábado 3 de marzo de 2007, José Luis Estévez
Alberto Ruiz de Samaniego. El fetichismo de los nombres es uno de los problemas del arte.

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Zona de Interferencia

Venecianas

Si la conciencia es agua, Venecia es su cerebro. Por él viajan las voces, los rumores claros abandonados del tiempo.

Hay algo meduseo en los leones de Venecia: no sólo su omnipresencia en la ciudad, también su imagen de poder, la fijeza de su mirada voraz, la extrañeza misma de su estar ahí, de frente a nosotros que, culpables, irrumpimos sin permiso en su territorio, en un ámbito sin duda enemigo, salvaje, inocentemente cruel.

Venecia paradigmática, profética. En su origen, el Ateneo Véneto fue sede de una fraternidad de encapuchados dedicados a escoltar a los condenados a la horca y procurarles un entierro digno. En los últimos dos siglos, ha acogido la Academia de Ciencias y Letras de Venecia.

Como en los cuentos. Lo relata Paul Morand, en sus Venecias: el dux lanzaba su anillo al mar como símbolo de los esponsales entre la ciudad y las aguas. Un pescador, muchos años después de la desaparición de la Sereníssima, encontró ese anillo en el vientre de un pez. Ahora se puede ver en el Tesoro de San Marcos.

Pueblo de comerciantes. El penúltimo dux de Venecia, Paolo Renier, elegido en 1779, culmina con desfachatez escandalosa la imagen más mundana de Venecia. Elegido con los votos comprados, se casó en secreto con una turbia mujer a la que siempre presentó como su ama de llaves. Ciertamente, ésta, es fama, administraba los gastos de palacio de forma irreprochable: revendía a las corporaciones y cofradías de la ciudad los regalos que éstas hacían tradicionalmente al dogado en las más señaladas festividades.

Sentido del drama. Tras la destrucción de la basílica original, en el incendio de 976, el cuerpo de San Marcos que allí reposaba desapareció sin dejar rastro. Se dio el caso de que tan sólo tres personas estaban informadas de su situación exacta, y las tres habían muerto antes de poder revelar su secreto. Así, cuando el nuevo edificio estuvo terminado, se decretaron tres días de ayuno en toda la ciudad y se rogó a Dios con el fin de que las preciosas reliquias fueran descubiertas de nuevo. El tercer día, sus oraciones fueron escuchadas. A mitad de la misa mayor se oyó de repente un estruendo de escombros procedente del crucero sur. Una de las columnas de apoyo se había desplomado, revelando la presencia de un hueco del que asomaba un brazo humano que, de inmediato, se reconoció como perteneciente al Evangelista, y que, por supuesto, no había sido en absoluto alterado por las llamas.

Sentido del drama (II): al difundirse en la Laguna los sucesos de la Revolución Francesa, el gobierno veneciano tomó la decisión de ajusticiar a tres presos comunes y exhibirlos en la Piazza bajo la acusación de conspiración, con el propósito de prevenir cualquier acto de simpatía revolucionaria. Por intervención del dogo, en lugar de asesinar a tres miserables, la Inquisición tomó secretamente tres cadáveres del hospital. No otros fueron los cuerpos que se mostraron con el rótulo de traidores.

Una de las infinitas incursiones venecianas en Oriente. Llegados a la ciudad de Mira, en Licia, casi enfrente de Rodas, se disponen a apropiarse de las reliquias de San Nicolás, allí enterrado. Así que desembarcan, irrumpen en el interior de la iglesia consagrada sobre la tumba del santo y encuentran tres féretros fabricados con madera de ciprés. En los dos primeros hallaron los restos de San Teodoro y del tío de San Nicolás; el tercero, que debía albergar el cuerpo del santo, estaba vacío. Decididos como estaban a encontrar su paradero, interrogaron a los guardianes de la iglesia y los torturaron, pero éstos tan sólo pueden informar de que los restos habían sido ya retirados algunos años antes por mercaderes procedentes de Bari. Los venecianos, con un obispo a la cabeza, muestran su total incredulidad. Se arrodilla el prelado y ruega en voz alta que le sea revelado el escondite sagrado. Justamente cuando ya se disponían a partir llenos de frustración, una súbita fragancia detectada en un remoto rincón de la iglesia les condujo a otro sepulcro. En su interior yacía el cuerpo incorrupto de San Nicolás, aferrado a la palma aún fresca y verde que había traído consigo desde Jerusalén.

La última reunión del Consiglio se terminó sin recuento total de los votos, ya que sus augustos miembros huyeron despavoridos al oír unos disparos que creían procedentes de los franceses. Eran en realidad soldados mercenarios croatas que se despedían así, disparando al aire, de la República a la que habían servido hasta ese momento. Un final heroico.

Venecia: el paradigma del robo operativo o creativo, del desvío o detournement de los situacionistas, aquél que implica – incluso exige, como quería Lautreamont- el progreso. Así, el primero de los robos “meritorios” con que Venecia se identificó, se enriqueció y embelleció, fue, ya, el de las reliquias de San Marcos. Y luego, tras la conquista de Bizancio (1204), los caballos de bronce de Lisipo, situados aún hoy – unas copias, naturalmente- en la portada de la basílica.

No es extraño que la ciudad fuese finalmente amada por Guy Debord, como atestiguan, por ejemplo, las imágenes de In girum imus nocte et consumimur igni.

Invención veneciana: los casinos. La afición al juego llegó a ser tan poderosa en la Venecia del siglo XVIII, que hundió en la miseria a muchas familias patricias venerables. Como al pobre Niccolò Grioni, que en 1762 hubo de regresar desnudo a su casa recién perdida, tras jugarse el último bien que le quedaba: su propia indumentaria.

Las columnas de la plaza de San Marcos. Robadas, como tantas otras cosas, de Oriente, nadie era capaz de enderezarlas en la piazzetta. De hecho, una de ellas cayó al mar y aún allí reposa. Hasta que un joven ingeniero, conocido como Barattieri – apodo que remite a su afición a la fullería- se ofreció para enderezar las dos columnas, a cambio del derecho a instalar entre ellas mesas públicas de juego. Ambas columnas, que posteriormente serían coronadas con el león de San Marcos y con San Teodoro y su dragón-cocodrilo, fueron pues colocadas donde aún siguen hoy en día, y a continuación se instalaron las mesas de juego. Se dice que poco después el Gran Consejo intentó minimizar el valor de la concesión, designando el mismo lugar como escenario de las ejecuciones públicas.

La muerte en Venecia. Los castigos penales de la República abarcaban, desde el destierro a la ejecución pública o secreta. En el medio, condena a galeras, prisión en los célebres Plomos y Pozos. La muerte podía ser por ahorcamiento, decapitación o ahogamiento nocturno y ultrasecreto en la laguna, he ahí el mayor castigo, la pena más infamante: la desaparición absoluta y silenciosa en las aguas maternales de una República que devora a sus hijos más díscolos.

Palacio Ducal. Grafitis, pintadas, obscenidades en las paredes de los calabozos subterráneos del Palacio Ducal. Pero asciendes de ese infierno hacia los salones nobles del edificio y te encuentras con las pinturas de El Veronés, de Bellini y de Tiziano, con el paraíso de Tintoretto. No puede haber mejor imagen (dialéctica) de Venecia que ésta.

Conceptual. El Veronés fue requerido por el Tribunal de la Inquisición por incluir en una pintura de la Última Cena “perros, bufones, alemanes ebrios, enanos y otros seres absurdos”. Se le ordenó, pues, que corrigiera el cuadro. El Veronés se limitó a cambiarle el título. Es la pintura que actualmente se exhibe en la Accademia de Venecia, con el nombre de Banquete en casa de Leví.

La sala del Polichinela de Giandomenico Tiepolo, las escenas de Francesco Guardi o de Pietro Longhi. Melancolía y genio de una ciudad – ya notado por Malraux- que sabe morir enmascarada.

La décadence. Cuando Napoleón puso fin a la República Serenísima de Venecia sin contemplaciones (“seré un Atila para el estado veneciano”, dijo) el último dux abdicó sin oposición.(Este dux, cuando supo que había sido elegido, en 1789, rompió a llorar y se desmayó; no por casualidad su divisa era un Adonis desnudo durmiendo bajo un roble). Se cuenta que entregó el tocado ducal a su criado y declaró: “llévatelo, ya no lo necesitaremos más”. El criado obedeció la orden y lo guardó de recuerdo.

El propio Gran Consejo puso fin al gobierno de Venecia por quinientos doce votos a favor, treinta en contra y cinco en blanco. Luego se abrieron las puertas de los famosos e infames calabozos del Palacio Ducal. Lo curioso, nos cuenta Shelley, es que tan sólo se encontró en ellos a un anciano, que además era mudo.

¿Debería sorprendernos que fuese precisamente un veneciano – Morosini, año 1787- el responsable de la destrucción del Partenón, cuando Grecia estaba en manos de los turcos? Amor veneciano…por la destrucción, como si la destrucción a la misma destrucción llamase.

Alberto Ruiz de Samaniego